Desde arriba y desde abajo: dos memorias que se cruzan en el callejero
Vista general del campamento en los Campos de Amaniel (Grabado: El Mundo Militar, 1860; Hemeroteca BNE)

Durante el trabajo de investigación asociado al proyecto nos hemos encontrado con numerosas calles que obedecen a la instauración de una memoria institucional-estatal (dirigentes políticos, glorias de las letras, miembros de la iglesia católica, etc), pero también con el rastro de personas anónimas –o casi– que han dejado su impronta en el callejero madrileño. A menudo son los propietarios del terreno rural en el que posteriormente se urbanizará la calle, otras veces  sus primeros vecinos y, a veces, habitantes del pueblo reseñables por alguna razón. Y decimos bien, del pueblo, porque la mayoría de estas calles provienen de las anexiones de poblaciones del extrarradio de Madrid a mediados del siglo XX (Hortaleza, Tetuán de las Victorias, Carabanchel, Villaverde, Barajas, Vallecas…)

Rastrear todos los personajes anónimos del callejero supondría un trabajo de investigación ímprobo, que seguramente debería contar con las fuerzas unidas de muchos historiadores locales, aunque en algunos casos ya contamos con estudios que nos permiten retener su memoria en el siglo XXI, como la Toponimia madrileña de Luis Miguel Aparisi, que puede encontrarse en la mayoría de nuestras bibliotecas públicas.

Es el caso de la calle Pío Felipe, que hace referencia a un trapero que también dio nombre al popular cerro del Tío Pío, al que se tiene como uno de los primeros habitantes de Vallecas. O de la calle Pedro Callejo, en Puente de Vallecas como la anterior, que hace referencia al director del matadero municipal del pueblo. O las de Pedro Fernández Labrada y Ángel Fernández Labrada, hermanos propietarios de los terrenos donde se abrieron sendas calles en Puerta del Ángel.

El cruce de memorias desde arriba y desde abajo puede apreciarse bien en el distrito de Tetuán. Está instalado en la memoria popular (y en numerosas páginas web y libros) la idea de que Tetuán se formó porque el ejército proveniente de una de las guerras de Marruecos acampó allí a la espera de su desfile de entrada en la ciudad, hacia 1860, formando un primer núcleo. La narrativa insiste en que al campamento acudieron comerciantes e, incluso, hay versiones que dicen que nunca se produjo la entrada triunfal del ejército a la ciudad, propiciando que el campamento se hiciera permanente.

La realidad es que el famoso campamento duró un día y medio y que Cuatro Caminos y Tetuán se formaron por el propio crecimiento de la ciudad, a ambos lados de la carretera de Francia (actual Bravo Murillo), que era el acceso a Madrid por el Norte.

Sin embargo, es cierto que desde el primer momento empieza a imponerse el imaginario de ciudad construida desde arriba: una de las primeras parroquias adopta el nombre de Nuestra Señora de las Victorias (apellido que también llevará Tetuán, entonces arrabal de Chamartín de la Rosa) y, aquí queríamos llegar, los nombres de las calles. Durante un tiempo el tramo de Bravo Murillo al norte se llamó O’Donell (general al mando de la campaña) y aún hoy existen calles conmemorativas de la guerra, como la calle Castillejos (que hace referencia a un lugar y a una batalla de Marruecos y da nombre a todo un barrio), de los Voluntarios Catalanes (una unidad de esta guerra), Wad-Ras o Nador, entre otras.

La realidad es que tanto Tetuán como Cuatro Caminos (en un principio separados) son barrios esencialmente contruidos desde abajo, como todo el extrarradio madrileño, y también queda constancia de ello en el callejero a través de nombres de vecinos, más o menos anónimos.

Así, encontramos una calle Emilia (a secas), una calle de Martínez o una calle de Herrera, del que sí sabemos era el propietario de los terrenos donde luego se urbanizaría la calle.

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