Victoria López Barahona
Como parte del proyecto, quisimos entrevistar a una serie de historiadores e investigadores que han trabajado sobre la historia de Madrid y acerca de los nombres de las calles. Hemos empezado con Victoria López Barahona, investigadora de la Universidad Autónoma de Madrid que ha trabajado, entre otras cosas acerca del trabajo de la mujer madrileña en el siglo XVIII.

¿Hay eco de las trabajadoras en el callejero madrileño?

Hay nombres de calles que recuerdan los oficios que se concentraban en esas zonas durante la Edad Moderna. Por ejemplo: Latoneros, Esparteros, Cuchilleros, Bordadores (en el entorno de Plaza Mayor), o Cabestreros (en Lavapiés) y Ribera de Curtidores (en el Rastro). Estos nombres están enunciados en masculino, aunque en estos oficios también se desempeñaban mujeres. Hay, no obstante, un leve eco de oficios conjugados en femenino, como el de la callejuela de las Botoneras, asimismo adyacente a la plaza Mayor (por el lado de la calle Toledo). Esta nos recuerda a las decenas de mujeres que ponían puestos de botones en el mercado de Plaza Mayor, que entonces era el centro del comercio urbano. Según mis cálculos, basados en las matrículas de puestos de la Plaza Mayor de 1799 y 1800, las botoneras eran el colectivo más numeroso de vendedoras detrás de las fruteras y verduleras. Lo que la documentación no permite dilucidar es si estas botoneras vendían lo que ellas mismas producían o compraban la mercancía a los/las fabricantes.

Hay una sola trabajadora que figura con nombre propio en el callejero: Manuela Malasaña, que al parecer era costurera, pero no se la recuerda por esto sino por su papel en la resistencia contra la invasión francesa.

Es una pena que el mayor contingente de mano de obra concentrada en una fábrica, la de Tabacos (en calle Embajadores), activa desde comienzos del XIX, que ocupaba sólo mujeres hasta en número que sobrepasó las dos mil, no haya dejado recuerdo en el callejero en su entorno más inmediato. Debería haber una calle de Las Cigarreras alli (hay una, poco conocida, al otro lado de la ronda de Toledo), pues no sólo fueron muy numerosas, sino también las más combativas (protagonizaron numerosas huelgas en pos de la mejora de sus condiciones de trabajo) y una auténtica institución en el barrio de Lavapiés. Igualmente significativas socialmente habían sido en épocas anteriores (segunda mitad del XVI hasta bien avanzado el XVIII) las tratantes del Rastro (después llamadas tablajeras) y las mondongueras (o menuderas) del mercado de la carne del Rastro. De hecho, este mercado, como creo demostrar en mi tesis, fue “un motor femenino de la economía urbana”. Pero no hay recuerdo de ellas en el callejero. Queda, indirectamente, el de la empresaria mondonguera María Bayo en la calle Huerta del Bayo (en Lavapiés), ya que dicha huerta fue de su propiedad. Cerca de allí, a la espalda del matadero de Puerta de Toledo, la calle Capitán Salazar Martínez, que antiguamente se llamaba calle de Los Cojos, albergó al colectivo de las seberas, indispensables para el suministro de sebo a las fábricas de velas, único medio de iluminación en el Madrid moderno.

Añadiré por mi parte que el edificio de la fábrica de tabacos es quizás el ejemplar más importante de arquitectura industrial del XVIII que sobrevive en Madrid, aunque, lamentablemente, en estado de progresivo deterioro por la falta de inversión -o, peor, por la falta de interés- que ponen las autoridades municipales y estatales en su conservación.

¿Qué memoria guarda la ciudad de Madrid de centros de reclusión femenina? ¿Cuál era su naturaleza? ¿En el callejero queda algún rastro?

Yo he estudiado los centros de reclusión de carácter civil, no los eclesiásticos (donde también se recluía a mujeres de clases sociales altas o a prostitutas arrepentidas como el popular convento de las Recogidas). En Madrid, los centros de reclusión civiles para mujeres eran, por un lado, las salas femeninas de las cárceles de Corte y de Villa (de escasa capacidad), la Galera, que era cárcel sólo de mujeres, y el ala femenina del Hospicio del Ave María. No queda memoria de ninguno de ellos, si no es el propio edificio del Hospicio (en la calle de Fuencarral, convertido en Museo Municipal). La Galera tuvo distintas ubicaciones, pero en el siglo XVIII se hallaba en un edificio contiguo al Hospital femenino de La Pasión (sucursal del Hospital General, hoy Museo Reina Sofía). En esta zona de la calle de Atocha, que entonces era periférica, se concentraban varias instituciones asistenciales, incluida la Inclusa, como recuerda la pervivencia de la Costanilla de los Desamparados, memoria del viejo Colegio de los Desamparados a donde se enviaba a los incluseros e incluseras que cumplían 7 años y no habían sido adoptados. Sin embargo, el centro con mayor capacidad para recluir mujeres -y hombres- no estaba en la capital, sino en el Real Sitio de San Fernando, aunque puesto bajo la jurisdicción del Hospicio de la Corte. Su edificio se conserva, pues antes de reclusorio había sido Real Fábrica de textiles. Sin embargo, la memoria de las reclusas del correccional de San Fernando sólo la hemos rescatado las historiadoras de la Edad Moderna, en investigaciones que han sido publicadas en libros.

En realidad, tanto la Galera como el Hospicio del Ave María y el correccional de San Fernando eran centros donde se castigaba con la privación de libertad y penas físicas a las mujeres consideradas delincuentes (“ladronas, vagantes, escandalosas o que no quieren servir”), la casi totalidad de las cuales eran pobres, muchas trabajadoras, que, una vez ingresadas se convertían en trabajadoras forzadas, pues se las ocupaba en los talleres textiles que se instalaron en estos centros. Hubo varios motines importantes dentro de estos centros de reclusión, todos protagonizados por las mujeres, de los que destacaré el iniciado en San Fernando un 8 de marzo -significativamente- de 1786 (sobre ello existe una monografía y también lo analizo en mi libro El Cepo y el Torno).

El callejero mezcla una memoria construida desde arriba (sobre todo) con el recuerdo de topónimos y nombres de origen popular, del que quedan menos registros ¿Cómo puede una historiadora social reconstruir ese rastro popular? ¿Hay fuentes para ello?

En efecto, la memoria -en lo que al callejero se refiere y en otros aspectos- está construida desde arriba. Sin embargo, se puede reconstruir el rastro popular, como he dejado ejemplificado en la respuesta anterior. Fuentes hay. El problema es que son escasas y están muy desperdigadas. Es preciso buscar en todo tipo de documentación (administrativa, judicial, notarial, literaria…), y este es un trabajo arduo y lento. A mi me ha llevado varios años reconstruir la actividad laboral de las mujeres en el Madrid de la Edad Moderna. Y, con todo, quedan muchas lagunas. No obstante, creo que tenemos suficiente evidencia como para identificar los espacios que ocuparon en la ciudad determinados tipos de trabajadoras y empresarias (como las de las antiguas plazas del abasto: Mayor, Rastro, Antón Martín, Santo Domingo, San Ildefonso; las cigarreras, las enfermeras del Hospital de La Pasión, las nodrizas de la Inclusa o las roperas de las calles Mayor, Boteros, Amargura y Toledo, algunas de las cuales fueron personajes importantes en la comunidad comercial de la parroquia de San Ginés como María de Montes o Francisca Bachiller; por no hablar del citado Rastro, con mondongueras tan relevantes como María Ignacia Romano; etc., etc.). Y no debemos olvidar a las lavanderas -un ejército laboral injustamente invisible, pero no menos importante para la economía y “decencia” urbanas-, que ocuparon los lavaderos fronteros al río y otros que se alimentaban de las fuentes y arroyos, como los situados en las zonas de la Puerta de Toledo, el Portillo de Embajadores y, al norte, la Puerta de Fuencarral. Según mis cálculos, a mediados del XVIII, había en la capital más de 3.000 lavanderas. Aunque todavía quedaban lavanderos, era un oficio en rápido proceso de feminización.

Victoria López Barahona es coautora, junto a José A. Nieto Sánchez, de “Zapatero a tus zapatos: el radicalismo de los zapateros madrileños en la Edad Moderna”, en Castillo, S. & Fernández, R. (coord.) Campesinos, Artesanos y Trabajadores, Lleida, 2001; “Women’s Work and proto-industrialization: Madrid and New Castile (1750-1850)”, en Blondé, B., Vanhaute, E. y Galand, M. (eds.) Labour and Labour Markets between Town and Countrisyde (Middle Ages-19th century), Turnhout (Bélgica); e “Industria doméstica y demanda cortesana: el vidrio de Alcorcón en la Edad Moderna”, II Congreso del Instituto de Estudios Históricos del Sur de Madrid “Jiménez de Gregorio”, Madrid, 2004. Autora de Las Trabajadoras madrileñas en la Edad Moderna, DEA inédito, UAM, 2004; y “Pobreza, trabajo y control social: las hilanderas de la Real Fábrica e Guadalajara (1780-1800)”, en Castillo, S. y Oliver, P. (coords) Las figuras del desorden: heterodoxos, proscritos y marginados, Madrid, 2006. El Cepo y el Torno. La reclusión femenina en el Madrid del siglo XVIII, Fundamentos, Madrid, 2009; “La formación de un mercado de trabajo. Las industrias del vestido en el Madrid de la Edad Moderna” (Sociología del Trabajo, 68, 2010)“La ropa estandarizada. Innovaciones en la producción, comercio y consumo de vestuario en el Madrid del siglo XVII” (Sociología del Trabajo, 71, 2011); “Dressing the Poor. The Provision of Clothing among the Lower Classes in Eighteenth-Century Madrid” (Textile History, 43 (1), 2012) y “Estrategias de supervivencia y redes informales de crédito entre las clases populares madrileñas del siglo XVIII”, en la obra colectiva La Historia como arma de reflexión, Madrid, UAM, 2012.

 

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